Textos desde 2007 a la actualidad.

25 abril, 2007

En esta rara ecolalia
adulta
comprendo que puedo
ser tan poeta
como los perros que

ladran a la luna.
El grito
es sombra,
no alcanza a ser
alfabeto.
El grito apura
la desgracia,
el alfabeto la cabalga.
La existencia oscila
en movimiento infinitos.
Entre tanto el Ser
levanta su testimonio.
La Palabra.
Una paloma
arde
en la medianoche.
Las estrellas
aprenden.
La espera mira,
mira
y espera
su momento.
-Dios ha muerto
dijo Nietzsche,
y los dados de Dios
rodaban por su
costado.

22 abril, 2007

Sos el trazo de mí.
Soy el trazo de vos.
Y aún creo
escribir.
Me equivoqué del Mundo.
¿A quién le dije te quiero?
Soy un texto de marcas
y signos.
Carne impresa.
Historia de palabras
y amores.
El resto,
lucha.
La gran papelera de
la historia
abunda de trivialidades.
El amor pierde
a veces
las diagonales,
y sólo queda
esa Ese
dolorida y
muda
que se instala
entre dos seres
que se
amaron
o se aman,
quizá.


Gracias Tute,
tus Páginas de Humor Gráfico, todo Poesía, se me vuelven Palabras.
Así de loco, así de taquigráfico, así de antipoético,
así de poético , así de poco,
así de tanto.

07 abril, 2007

Sin embargo.

¿Con qué escribo este
poema?
¿Con la palabra o
con el vacío que dejo
detrás de ella?
En el lugar inasible
queda inscripto
el anti poema,
la anti idea.
Y sin embargo
creo haber sujetado
los conceptos.
Escribo desde la letra,
desde la roca vertical
de la cordura.
Y finalmente
este poema está
atrás,
en ese otro espacio,
en el hueco.


De "Desamparo de los Días". Ediciones Corregidor. 1998.

Enunciación.

Hablo de la fragilidad
de la rosa
y la nombro,
en todo su destierro
en el sonido absoluto
de la palabra rosa.
Hablo del poder del león
y lo nombro,
en toda su presencia
en el sonido absoluto
de la palabra león.
Y cuando me tengo que
nombrar
me falta el alfabeto
y los ojos que miran
hacia adentro.
Cuando me tengo que nombrar
quisiera que la rosa hablara.


De "Desamparo de los Días". Ediciones Corregidor. 1998.

04 abril, 2007

Descubro un alfabeto
nuevo.
Me bastaba uno
y la vida entera
no

alcanzaba.
Mañana será tarde
para esconder ese viejo
prendedor de sueños
en alhajeros ajenos.
Mejor esta panera que
acusa la verdad
cotidiana entre guardas y
mimbres.
Hoy puse un rosal
en medio de las rocas
y el mantel azul.
Le rogué a la ausencia
que faltara a su cita.

03 abril, 2007

Bosteros.


Se jugaba la Intercontinental. Por América, Boca. Por Europa, el Real Madrid. Lugar, Tokio.
Iba camino a mi jornada diaria, y me enfurecía pensar que, con el país en una cornisa,  un partido fuese más importante que todo el futuro.
Las calles estaban desiertas y los bares y confiterías estallaban de gente. De fútbol entiendo poco, soy de Independiente por afinidad con alguien de algún momento de mi temprana adolescencia. Vicente era “bosterito”.
Ya había doblado a la derecha en la Avenida Belgrano. Se jugaban los últimos minutos. Si el Real Madrid no hacía un gol, Boca ganaba por dos a uno. El gol del Real no llegaba. El asfalto parecía potenciar el silencio. De pronto se cumplió el tiempo, Boca se consagra Campeón Mundial. Entonces la calle estalla de bosteros, desde los autos, desde las bicicletas, desde los bares, desde... Se me hizo un nudo y se me dio por extrañar.
Es cierto, son una plaga, pero yo todavía no pude descolgar de la cocina el puto banderín que colgó, pese a mi protesta, ni pude sacar el imán que colocó de prepo en la heladera, y no es porque le haya levantado un santuario, todo lo contrario, pero a Boca no la pude erradicar de casa.
Así son estos bosteros de mierda, se te meten en el alma para no salir jamás de ella.

De (Decires "Breves ensayos Poéticos en prosa)". Ed. Corregidor. 2003
Era trigo azul
en una aldea sin nombre.

Viento.
Nadie respondió.
Aún el tiempo no había
comenzado.
La pena sale al cruce
de cualquier
luna,
habla cuando no
se la espera y
convierte

en Planetas
cualquier
charco.

Es de Seres pacíficos
dar esas memorables
batallas.
La luna cayó de su
sombra,
perdió su certeza de
balcones
y espejos,
descreyó de las esferas,
abandonó su
inocencia de mole,
de cemento.
Cae y calla
dolorida,
gozosa,
esperanzada.
Hoy la luna nos mira.
La mañana me ve
amanecer
y yo entiendo
su duda.
No sé qué pensar
de mí
después de haber
crecido al amparo
de tan dulce
infamia.
Cuentan los glosarios
la parte de lo dicho
que se esconde.
Por algo las palomas
eligen el ala y no
la tinta.
Un barrilete que no busca
su color oculto
y no interroga a la mariposa
que no fue.
Si el amor me tomara
de rehén
otra vez,
tantas,
no sé con qué
palabras le hablaría
hoy,
otra vez.

Carta de vos.

Buenos Aires, un día, siempre.


Esta carta que escribo para no escribirte. Para insistir en la imposibilidad de que ésta, otra, alguna carta exista y sea un medio capaz de abarcar algo de mi palabra, de vos, de mí, de algún pasado nuestro.
Sería infame pretender conocer tu dirección actual pero las cartas no están hechas para no ser mandadas; entonces, es infame y doloroso que desgrane palabras por este agujero infinito de tu invierno. Y sin embargo, lo pertinaz persiste, mientras otros papeles tuyos se desordenan en mi escritorio.
¿A dónde te envío mis señales absurdas de destino después de casi doce años? Absurda yo, en realidad. Irreverente de tiempo. Yo, que sigo sin entender del todo el agujero de tu invierno, que no sé de verdades reveladas, que quisiera cambiar la rotación de este planeta y descender la escalera del tiempo hasta vos, para encontrarme en tus enojos y tus amores de mí, por mí; en la que fui de vos, por vos y de mí.
¿Qué me explicaron de escaleras temporales y de inviernos, los días del amor? ¿ Con qué argumento me quedo hablándole a la vida de tu pelo castaño y tu mechón dorado? ¿Con qué memoria que me desconozco sostengo tanta memoria de vos, y te sigo hablando en el silencio, en la absurda esperanza de que estalle la cuarta dimensión en medio de nuestra cama de ayer, que ya es sólo mía? ¿Con qué locura extraña y sabia el amor encuentra sus espacios para persistir después de tanto invierno? ¿Cuál es la trampa de tu nombre que me dejó enredada en esas siete letras que sigo amando, en ese orden maravilloso que su cadencia indica? Y no hay otro, y yo me desconozco en tal obstinación, pero así es este laberinto de tu nombre de ayer, que sigue irrumpiendo en cada presente indefinido, infinito.
¿A dónde van las cartas sin destino cierto, a qué extraño buzón, en qué boca atemporal arrojo estas palabras de siempre y para siempre? ¿En dónde te cuento que la vida sigue, y es buena; que, como te prometí, yo estoy tejiendo y destejiendo los futuros que no tuviste? Vos, todavía, me debés algo de olvido, amado Vicente.

Tu Amor, siempre.
Allí,
donde la flor recoge
su color
y dice que el Mundo
se reduce a la mano
o a la sed,
alguien elige
saber.
A Paloma todo
se le vuelve
acto.

El vuelo de la esquina,
sus manos de
candado.

Paloma quedó con
su nombre atado
al eterno
movimiento,

quieta
en su velocidad,

apresada en su
acontecer.

Paloma se precipita.
Paloma no comprende.
Una amapola busca
su azúcar.
El balcón de
la sombra
del árbol
busca su morador.

Todos pretenden.
En la orilla
habita la primera

Palabra.
Del otro lado están
las trampas del
lenguaje.
Miente,
la paloma miente
con el descaro del
ala.
La mentira se cree
paloma
y la paloma cree que
no existe.
Cómo darle sombra
al tiempo,
a los huesos
queridos.

Cómo darle cobijo
a la intemperie.
He amanecido, oscuro dato,
bajo mi propia mirada
bajo mi propia miseria.
La tinta insiste,
dice que alguien me
escribió antes;
y yo,
que sé que mis yemas
palpan,
no le creo a este designio
que me reduce
a sesgo.
Palabras que habitan
fuegos
y un colibrí de panza
anaranjada
en la baranda.
Ese doble vértice
donde pendulan
la cosa
y la palabra.
Me despierto,
tengo un alfabeto húmedo
incrustado en la piel.

Soy el trazo que vuelve, no,
soy apenas el trazo.