Un limonero hacía su cocina
jugar con agua, robar bocas
y aromas entre el trigo y algunos
pájaros
y el tiempo era.
Se puso el alma de a gotas
media de agua
media de puñales.
Negocia con sigilo los días de los sueños
tantas hojas y carne juntándose
como un río,
tantas costuras y el Poema gritando
entre los párpados.
Nadie vuelve de su vuelta,
todo es ida, el arco lanzando,
somos la flecha, ese disparo,
esa barca.
Escucha con el cuerpo,
el oído es un perro, un instinto
un Dios breve, la línea que la lleva
a la danza contraria.
La lengua hace su sed de decir en
avidez abstinente, un Mundo se
sustancia entre balbuceos.
El perro cuida el fuego de esa danza
que combate la cosa, la especie se
encuentra con la especie,
ahí es el Templo.